
En septiembre todos se pusieron a lanzar vítores a la patria. En septiembre nos emborrachamos a salud de la libertad, el progreso, el rompimiento de las cadenas de la esclavitud, la independencia, la unión y todos esos ideales de la modernidad decimonónica.
Personalmente, creo tanto en la patria como en Dios o los fantasmas. Que la gente se emocione por un estúpido trapo tricolor con un escudo (desconociendo el significado de ambos símbolos, por supuesto), porque Rey Misterio “se chingue a un gringo, de esos grandotes”, porque El Tri apenas CLASIFIQUE al mundial de Futbol Asociación o por ir a pegar chicles en las pirámides de Teotihuacán, me parecen todas (y las que faltan) muestras de la más absoluta imbecilidad colectiva. Dan pena ajena.
Hay gente que hasta llora con el Himno Nacional. Me recuerda a las señoras que lloraron viendo The Passion Of The Christ, o a las viejitas desafinadas que cantan en los templos. Sobre el himno debo aceptar que tiene una música re buena, pero una letra cursi, espantosa y, sobre todo, belicosa. Qué gran basura.
Esos son los supuestos símbolos patrios. Ok. Pero la patria no son esas mamarrachadas. La patria es un concepto muy confuso que yo nunca he logrado (ni pienso lograr) entender. Es una construcción arbitraria e irracional que sólo sirve para hacer guerras, enriquecer a algunos, y otras cosas de esas. En el caso de México: ¿De verdad creen que somos un país, una “patria” homogénea, dura como la roca y que hará retumbar en sus centros la tierra al sonoro rugir del cañón? No seamos ingenuos.
La idea de patriotismo en México nada tiene que ver con la construcción, aun dentro de fronteras arbitrarias y multiculturarlidad, de un territorio gobernado por un estado eficiente en donde se pueda vivir con igualdad de oportunidades de buen desarrollo. La idea que se tiene de patria (y creo que esto tiene que ver con el hecho de que la noción de México no estuvo bien apuntalada hasta después de la revolución) tiene que ver más con un sentimentalismo vacuo que de nada sirve para los objetivos que debería perseguir cualquier estado-nación. Por eso es que existen tantos mitos patrioteros dentro de la historia oficial. Por eso no hay una historiografía lo suficientemente seria y difundida para la instrucción pública. Por eso la gente se emociona irracionalmente con cualquier estupidez que le recuerde a México. Por eso El Rey es más conocido que el (insisto: estúpido) himno nacional. Por eso cantan “Cielito Lindo” en los estadios. Por eso nos sentimos orgullosos y “chingones” cuando logramos burlar a las leyes. Por eso apesta tanto nuestra cultura.
Sé que no es muy amable con mis compatriotas decir que nuestra cultura apesta, pero es la verdad. Gran parte de ella apesta tanto que contamina a todo lo demás que pudiera ser bueno. No voy a ponerme aquí a hacer un análisis sesudo sobre la cultura mexicana (para eso hay ya varios libros clásicos y muy buenos). Lo que quiero es hacer una llamada de atención sobre esos puntos de nuestra cultura que es necesario reformar personalmente para forjar una nación que merezca ese fervor que tanto le profesan.
Con “cultura” jamás me he referido al arte mexicano, ni a los hombres y mujeres ilustres que han surgido de aquí. Mucho menos a las culturas prehispánicas, que por eso son prehispánicas y no mexicanas. Con cultura me refiero a las formas de interrelación de las sociedades. Los símbolos y mitos sociales que compartimos entre todos. La manera de conducirnos. Hasta el lenguaje tiene que ver en eso. Pero ya lo sabe, sólo lo repito para dejarlo bien en claro.
El valemadrismo, el ansia de aprovecharse del prójimo, el completo y absoluto desprecio por las leyes, la irracionalidad desbordada, el chovinismo, la xenofobia, el amor por la ignorancia, el conformismo, la falta de conciencia política, el gusto por debatir sin argumentos, recurriendo más a las pasiones que a la razón, el borreguismo, la falta (y desprecio por también) de democracia, la inexistente civilidad… son todos aristas de la realidad de la cultura mexicana que apenas se me vienen a la mente, junto a muchos otros.
Maneje usted un día en cualquier vialidad grande de cualquier ciudad mexicana como a las dos de la tarde y tendrá ejemplos de primera mano de todas estas cosas despreciables de las que le hablo.
Hay también cosas que me hacen querer a la cultura mexicana y que estoy seguro de que en ningún otro país podrían darse jamás. Pero hoy no se trata de eso la columna.
El cambio que propongo, aunque personal, tampoco soslaya a lo superestructural. Las grandes instituciones del país tampoco se salvan de nada. De hecho creo que en ellas es en donde se pueden ver los peores ejemplos de lo peor de nosotros. Precisamente por eso abogo por la conciencia política, la civilidad, etc… para ser capaces de que el gobierno le tema a una sociedad civil bien organizada en vez de usarla para sus propios intereses.
El mismo Bretón dijo que México es el país del surrealismo.
Atte: Juan Ramón.
PD: ¡No olviden visitar A Night At Dorsia!




